Ese día había que levantarse temprano, no era un día normal, ese día había que ir al Banco. Sí, aquel despreciable lugar en donde miles de personas pasan gran parte de su tiempo esperando por un trámite que solo demora minutos, algunos incluso menos, pero que por esas cosas de la vida siempre tardas como una hora.
Ya eran las nueve (horario que comienza la atención, lo cual es mentira ya que es la hora que abren las puertas lo cual es algo totalmente diferente) y ya había demasiada gente. Como de costumbre había que hacer la fila del público general – la más horrenda de todas.
Ya eran casi las diez y la fila no avanzaba nada, poco a poco la gente comenzaba a inquietarse y a quejarse, no directamente sino que lanzando palabras medias entre dientes para ver si alguien responde y así entablar alguna conversación para hacer la espera más amistosa y de paso sentir que no es único molesto con la situación. Mientras en las cajas para titulares siempre llegaban aquellos personajes de traje y corbata que eran atendidos amablemente.
Cinco cajas para titulares de cuenta y una para público general, cuando iba a avanzar la cosa. El calor y la desesperación hicieron que una persona de la fila gritara a viva voz que estaba harto de esta situación y fue precisamente eso lo que gatillo que nuestro personaje Miguel estallara en ira.
Cansado de los abusos, del tiempo perdido, de la burocracia imperante saltó aquellos singulares cordeles que separan las filas, con los ojos en llamas nadie intentó detenerlo, fue directamente donde la cajera golpeó el vidrio de tal manera que el silencio se hizo presente en el lugar y tal como una campana en un ring la gente se lanzó contra los cajeros.
La violencia era tal que los guardias huyeron despavoridos, las cajeras se escondían bajo sus puestos abrazadas llorando y encomendándose a todos los santos. Personas destruían completamente el lugar, las sillas volaban y el gerente impávido ante la situación trataba de llamar a los carabineros, nunca imaginó que ese pacífico rebaño de ovejas que refunfuñaban de vez en cuando se convertiría un enjambre de avispas asesinas.
Al fin uno de los vidrios se rompió y Miguel aprovechó la oportunidad para echar mano a las cajas y tal como un Robin Hood comenzó a lanzar el dinero a la gente. Era un héroe estaba haciendo justicia, todo lo que le era robado al pueblo legalmente volvería a su gente. Otro individuo divisó al gerente y lo encaró para que abriera la gran bóveda, aquella donde estaba todo el gran dinero.
Miguel simplemente no podía creerlo, estaba liderando la revuelta más grande jamás vista, ni siquiera Al Pacino en Una Tarde de Perros habría hecho algo así. Todo esto resultó muy sexy para una de las cajeras. Esa la más rica, siempre hay una en los bancos, la que resulta de motivación mientras esperas y a la cual a la hora de irte ya le has hecho de todo en tu mente. Justamente esa se acerca donde Miguel, lo toma de su camisa y lo aproxima a ella. Sus ojos reflejaban el deseo y esos dulces labios rojos lentamente se acercaban a los de Miguel, pero parecían decir algo, parecían decir “Avanza aweonao” Miguel agitó su cabeza, la fila se había movido, ya solo le faltaban 30 minutos más.

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